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Quiero inundaciones, incendios y terremotos
Después de varias y encendidas discusiones; de muchos días sin dormir o durmiendo uno en el sillón y otro en la cama, después de haber llorado apretando la almohada hasta agotarme, de caminar sin rumbo hacia la desesperación, tomamos, mejor dicho tomé la decisión de desarmar la pareja. 

Él se fue a trabajar, yo no, me quedé en la cama hasta el mediodía, pensando, ya no en la despedida, si no en el después. Tanta vida compartida, tantos momentos mágicos que desaparecerán cuando él cierre la puerta para siempre. ¿Cómo es que el mundo sigue impávido ante tanta tragedia?, ¿nadie se entera?, ¿cómo es que no aparece en la tele que hubo un terremoto en Balvanera? 

Me senté un rato en el balcón; el perfume de la mini-rose  impactó en mi garganta poniendo un poco de suavidad de sus aterciopelados pétalos en la palma de mi lengua, la media sombra movida por el viento pintaba imágenes de alondras en mis oídos y con el alma literalmente hecha jirones de espanto entré, me bañé, tratando de sacarme la pena con el jabón. 

Salí del baño y me quedé solo con la bata un rato, hacía calor, el tiempo parecía una banda de moebius en mi cabeza mostrándome momentos compartidos; ya no quería pensar, solo quería dormir diez, cien, mil días y despertarme en un ambiente amable y tranquilo, estaba agotada.

Se iba acercando la hora y me descubría deseando que no llegue, o que cuando abra la puerta entre Él, el que me enamoró con sus ideas locas que nos hacían salir con lo puesto y un bolso a un fin de semana en contacto con la naturaleza; o invitaba a nuestros amigos a una mateada que se prolongaba por horas, el que un día lleno de macetas multicolores mi balcón; pero ese ya no existía, se había convertido en un simple burgués aburrido viviendo en mi casa.

Cuando llegó la hora, escuché desde mi cuarto la llave girando en la cerradura; yo seguía esperando inundaciones, incendios y terremotos, pero la tele no anunciaba nada.

Arrastrando como podía mi espíritu fui al living y lo encontré con dos valijas vacías para llevarse su ropa. Parecía hasta feliz de que todo terminara, me senté a ver cómo guardaba su ropa, dividimos las pocas cosas que compramos juntos, y al irse me dijo rozando mi mejilla húmeda con su mano: no estés triste, es lo mejor, fuimos felices, ya no, la vida seguramente nos sorprenderá; me abrazó ligeramente, tomó sus cosas y se marchó.

Al cerrarse la puerta, descubrí que todo lo que pedía estaba sucediendo; pero dentro mío. Las piernas me temblaban como en un terremoto, tenía un incendio en el corazón  y mis lágrimas, que salían a borbotones, podían inundar el living. 

Y el mundo ni notaba mi pena. 

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